Por María del Rocío Sánchez Becerra
La escuela contemporánea parece encontrarse permanentemente en el banquillo de los acusados. Se le responsabiliza de la pérdida de valores, de la insuficiente preparación laboral de los jóvenes, de la violencia social, de la falta de competitividad económica y hasta de los problemas de cohesión comunitaria. Sobre ella recaen expectativas cada vez más amplias y contradictorias. Se le exige formar ciudadanos críticos, trabajadores innovadores, emprendedores exitosos, sujetos éticos, promotores de la inclusión y agentes de transformación social. Sin embargo, pocas veces se reconoce que ninguna institución humana posee la capacidad material ni pedagógica para responder simultáneamente a todas las demandas que la sociedad deposita sobre ella.
Lo paradójico es que, mientras aumentan las exigencias, disminuye la confianza en la propia naturaleza educativa de la escuela. En las últimas décadas, el discurso pedagógico ha sido desplazado por un vocabulario procedente del mundo empresarial. Conceptos como "calidad educativa", "eficiencia", "competencias", "gestión por resultados", "rendición de cuentas" e "indicadores de desempeño" se han convertido en el lenguaje dominante de las políticas públicas.
El pedagogo mexicano Ángel Díaz Barriga ha advertido sobre este fenómeno al señalar que la evaluación educativa contemporánea ha terminado subordinándose a una lógica tecnocrática donde "se confunde la medición con la comprensión de los procesos educativos". Para Díaz Barriga, los sistemas de evaluación masiva han generado la ilusión de que los problemas educativos pueden resolverse mediante indicadores numéricos, cuando en realidad la educación constituye un proceso profundamente humano, cultural e histórico que difícilmente puede reducirse a cifras.
La consecuencia es una especie de fetichismo de la medición. Todo debe ser cuantificable. Aquello que no puede expresarse en porcentajes, estándares o rankings parece carecer de relevancia. La calidad educativa se transforma entonces en una abstracción estadística, desvinculada de las condiciones concretas donde aprenden los estudiantes y trabajan los docentes.
Esta tendencia suele justificarse en nombre de la pertinencia educativa. Se argumenta que la escuela debe responder a las necesidades sociales y adaptarse a las demandas de un mundo cambiante. No obstante, surge una pregunta fundamental: ¿qué sociedad debe satisfacer la escuela?
La pedagoga argentina Adriana Puigrós ha insistido en que no existe un único sujeto social al cual responder. La sociedad está conformada por una pluralidad de actores, intereses y proyectos históricos frecuentemente contradictorios. Como sostiene la autora, la educación constituye un espacio de disputa donde convergen diversas visiones de mundo y diferentes expectativas sobre el futuro.
Pretender que el currículo satisfaga simultáneamente todas esas demandas equivale a abrir una verdadera caja de Pandora. De ella emergen tensiones de clase, conflictos culturales, diferencias territoriales e intereses económicos que difícilmente pueden armonizarse dentro de una sola propuesta educativa. Lo que para algunos representa innovación, para otros significa exclusión; lo que ciertos grupos consideran progreso, otros lo perciben como pérdida de identidad.
La dificultad no es nueva. Mariano Fernández Enguita ha mostrado cómo la escuela moderna surgió estrechamente vinculada a las necesidades de la sociedad industrial. La escolarización masiva no respondió únicamente a ideales ilustrados de emancipación, sino también a la necesidad de disciplinar y formar trabajadores compatibles con las exigencias de la fábrica.
En palabras de Fernández Enguita, la escuela se convirtió en una institución encargada de transmitir hábitos de puntualidad, obediencia, regularidad y aceptación de la autoridad, características indispensables para el funcionamiento del sistema industrial. La incorporación de millones de personas a la escuela no fue simplemente una conquista cultural; también formó parte de un proceso de adaptación de los sujetos a una nueva organización económica.
En el presente, las formas de control han cambiado, pero la subordinación de la educación a intereses externos continúa vigente. La fábrica ha sido sustituida por el mercado global, mientras que la disciplina visible ha dado paso a mecanismos más sofisticados de evaluación, clasificación y competencia permanente.
En este contexto resulta particularmente esclarecedor el análisis de Pierre Bourdieu. El sociólogo francés cuestionó la idea de que la escuela sea un espacio neutral donde únicamente triunfan el talento y el esfuerzo individual. Según Bourdieu, el sistema educativo contribuye a reproducir las desigualdades sociales mediante mecanismos aparentemente legítimos de selección y evaluación.
Como afirma en La reproducción, "la escuela transforma privilegios sociales en méritos individuales". Bajo esta lógica, las diferencias derivadas del origen económico, cultural y familiar terminan presentándose como resultados naturales del talento personal. El lenguaje de la meritocracia oculta así las profundas desigualdades estructurales que condicionan las trayectorias educativas.
La crítica de Bourdieu adquiere renovada vigencia en una época donde las pruebas estandarizadas y los indicadores de desempeño son presentados como instrumentos objetivos de medición. En realidad, muchas veces funcionan como mecanismos de legitimación de desigualdades previamente existentes.
Esta crítica encuentra eco en el pensamiento del filósofo estadounidense Michael Sandel. En su obra La tiranía del mérito, Sandel sostiene que las sociedades contemporáneas han construido una narrativa según la cual quienes alcanzan posiciones privilegiadas lo hacen exclusivamente gracias a su esfuerzo y talento.
El problema de esta visión, afirma Sandel, es que genera una doble injusticia: por un lado, alimenta la arrogancia de los vencedores; por otro, impone una carga moral sobre quienes quedan rezagados. Si el éxito depende únicamente del mérito personal, entonces el fracaso también parece responsabilidad exclusiva del individuo.
Aplicada a la educación, esta lógica produce una visión profundamente reduccionista del aprendizaje. Los estudiantes dejan de ser personas inmersas en contextos sociales complejos para convertirse en competidores permanentes dentro de una carrera por acumular credenciales, certificados y puntuaciones.
Detrás de esta transformación se encuentra una racionalidad más amplia vinculada al predominio del mercado como principio organizador de la vida social. El sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos ha descrito este fenómeno como una expansión de la "razón indolente", una forma de pensamiento que reduce la diversidad de experiencias humanas a criterios de utilidad económica.
Según Boaventura, cuando el conocimiento queda subordinado a las necesidades del mercado, la educación pierde su capacidad emancipadora y se transforma en un simple instrumento de adaptación. La universidad y la escuela dejan de ser espacios para producir pensamiento crítico y se convierten en organizaciones dedicadas a generar capital humano.
Frente a este escenario resulta pertinente volver la mirada hacia los orígenes mismos de la tradición pedagógica occidental.
Sócrates jamás concibió la educación como un mecanismo de clasificación o certificación. Su método, la mayéutica, buscaba acompañar al interlocutor en la construcción autónoma del conocimiento mediante el diálogo y la reflexión crítica. No existían estándares de calidad ni indicadores de desempeño. El objetivo era la búsqueda de la verdad y el cultivo de una conciencia capaz de examinarse a sí misma.
La pregunta central no era cuánto sabía una persona, sino cómo pensaba.
La distancia entre aquella concepción y las políticas educativas contemporáneas resulta evidente. Mientras Sócrates concebía la educación como una práctica de liberación intelectual, el paradigma gerencial dominante tiende a entenderla como un proceso de producción de resultados medibles.
La escuela enfrenta hoy una disyuntiva histórica. Puede seguir profundizando su subordinación a las lógicas corporativas de evaluación, competencia y eficiencia, o puede recuperar su vocación humanista como espacio de formación integral, pensamiento crítico y construcción democrática.
Reducir la educación a una hoja de cálculo constituye una de las formas más sofisticadas de empobrecimiento cultural de nuestro tiempo. Cuando todo se mide, se clasifica y se compara, corremos el riesgo de olvidar aquello que da sentido a la existencia misma de la escuela: la formación de seres humanos capaces de comprender el mundo, cuestionarlo y transformarlo.
La educación no nació para producir indicadores. Nació para formar conciencia. Y esa sigue siendo, pese a todos los intentos de mercantilización, su tarea más noble y necesaria.
Referencias